Autobiografía de Rosa Ordóñez Martín.

Rosa Ordóñez, Estepona, 2017

Mis padres se llamaban: Valentín Ordóñez Atienza, natural de Estepona. Mi madre María Martín Navarro, también de Estepona.

Yo nací en Estepona el 12 de Agosto el 1934, en la C/ Antero, y se puede decir que soy una niña de la guerra, y digo esto, pues a consecuencia de la guerra civil, mi destino de niña cambió de curso.

Mi padre con 32 años se fue a la guerra y murió en un hospital de Murcia unos meses más tarde y no quiero entrar en detalles, pues tampoco sé mucho sobre este acontecimiento.

Mi madre viuda con tres niñas pequeñas, y sin recursos, se vio obligada a darme a una prima de mi padre que vivía en La Línea de la Concepción, pues esta señora no tenía hijos, pero sí un negocio, así que necesitaba criada sin sueldo. Mi madre cayó en la trampa y creyó que estaría mejor con esa señora, acomodada, que con ella y sus hermanas. Así empezó un calvario, mi calvario. Trabajo doméstico, no escuela y mis primeras letras las aprendí con ella. Con la cartilla en la mano me decía esta letra cuál es y, si no la sabía, me daba un coscorrón en la cabeza, pues ella decía “la letra con sangre entra” (siempre hablaba con refranes, era una erudita de refranes). A ella le gustaba pegar en la cabeza. Me acuerdo que una vez sangraba por la cabeza y ella me curaba con agua y vinagre o con vinagre solo, no me acuerdo. Así transcurrió mi niñez.

Llegó la adolescencia e ídem de ídem. Una vez, una vecina le dijo: Doña Magdalena, pues ella era Doña, ¡Qué guapa es Merceditas y ella le contestó: La belleza del diablo, la juventud. Yo me llamo Rosa, pues así consta en mi partida de nacimiento, pero ella me puso Mercedes y así viví con ese nombre hasta cuando me fuí a Inglaterra y tuve que sacar la partida de nacimiento, entonces surgió mi verdadero nombre, Rosa. Mi querida tita, a los 17 años me dice un día: Mercedes yo te he mantenido toda una vida y es hora que te busques un trabajo.

Y me lo busqué. En La Línea, como creo que en muchos otros pueblos, solo había 100 teléfonos privados y para llamar a otro tenían que pasar por la Telefónica. Dio la casualidad que se estaban aumentando el número de las líneas y necesitaban operarias. Llegué y me cogieron. Me dijeron si sabía de cuentas, les dije que sí y me dijeron que volviera en dos semanas para un examen. Estuve en la Telefónica dos años, después me fui de telefonista a un hotel que acababa de abrirse. Tenía yo 22 años cuando un sobrino, de mi querida tita, vino a visitarla, venía de Londres. Era un hombre de mundo y en seguida se dio cuenta de lo que pasaba en esa casa. Cuando se fue a Londres yo le escribía y le pedí ayuda. Él le escribía a la tita y al mismo tiempo a mí. Por eso no sospechó nada. Pues si lo hubiera sabido habría hecho algo para impedir mi partida. Cuando lo supo yo tenía mi pasaje en mano y no pudo hacer nada. Me fui a Londres en un barco que no era un crucero ni mucho menos, creo que fueron tres días de trayecto y yo pasé la travesía devolviendo. Gracias a un hombretón negro, tripulante, que me traía un poco de caldo a mi camarote, y así llegué a Dover.

En la estación Victoria, de Londres, estaba Alberto esperándome. Y dos días más tarde me llevó a mi puesto de trabajo. Yo llevaba un contrato de trabajo que Alberto me había mandado. En Londres estuve dos años y medio y han sido los años más felices de mi vida. Trabajaba en la cocina fregando platos y cacharros en un hospital, que era casi un pueblo “Highland General Hospital", pero había una máquina para ello. Tenía mi habitación y libraba los viernes semanalmente. Ese día lo pasaba en el centro de Londres, visitando museos o yendo al cine.

Volví a España, a Barcelona, donde estaba mi hermana Valentina tres años mayor que yo. Y de allí me fuí a Suiza con ella. Resulta que su novio estaba en Suiza y ella no se atrevía a irse sola, por ello me pidió, por favor, que fuera a por ella y la llevara a Suiza. Y yo cedí y después me arrepentí, pero el daño ya estaba hecho. En Suiza estuve dos años. Trabajaba en un hotel en Lausana.

Conocí a una italiana que trabajaba en el mismo hotel y me propuso irnos a Italia a un Hotel que estaba en el Lago de Como, su hermano trabajaba allí, y en la temporada de verano se ganaba mucho dinero. Dicho y hecho. Como yo sabía un poco de inglés me pusieron de barman en la cafetería del hotel. Estuve tres meses y la verdad fue como el agua de un río que transcurre por su cauce serenamente.

Cuando terminó la temporada volví a Suiza, pero yo no estaba a gusto. Me planteé qué hacer o no hacer. Estuve una noche entera sin dormir y al levantarme me puse a escribir una carta para una amiga, compañera de trabajo en España, que se había casado y se habían ido a Bélgica. Al otro día cogía el tren para Bélgica y poco más puedo contar.

Conocí a Juan José y en tres meses fuimos marido y mujer. He estado casada durante 45 años y hace 10 meses que murió mi marido. Tengo dos hijos Virginia y Jean Pierre, cuatro nietos y un biznieto y colorín colorado mi historia ha terminado.

Rosa Ordóñez, Estepona, 2017


A mi pueblo y a mi madre.

Siempre que paseo por tus calles
a las diez de la mañana,
mi corazón se acelera ligero sale
para exhalar tu perfume, fusión
de mar y tierra en el aire.
¡Ay! Cuanto soñé contigo jardín
perdido en mi infancia.
Mas mi alma voladora de quimera,
¡Oh! pueblo, como una hija pródiga,
un día a ti volviera.

Y tú, madre, tu deseo quedó en deseo
inerte en tu mente,
mas no te inquietes
veloces las olas del mar
recogerá tu eco, tu alma
y pasearemos por las calles
de tu pueblo y por tus recuerdos.
El Sol cálido arrullará
en mi cuerpo tu memoria
y dejaremos nuestras huellas
como las gaviotas dejan dibujados
triángulos de libertad en la arena.
Mar, tierra, montañas
pinceladas de un Dios pintor.
Diosa y Sultana.
Es tu pueblo madre tatuado en tu alma
y también el mío, elixir de mis años
Paraíso de amor.